Santos Inocentes
 

   


En el seno de nuestra madre encontrábamos el refugio más seguro, nueve meses ahí transcurrió nuestra vida, recibíamos de nuestras madres su amor y podíamos percibir sus temores y angustias, muchas veces las oímos susurrar sus oraciones a Yahveh pidiendo que volviera su rostro a nosotros y nos mostrara su favor, ¿Por qué lloraban nuestras madres? Oíamos que el injusto opresor los maltrataba y nosotros –desde ese seno de amor que nos albergaba- nos uníamos en oración a ellas. Sí, no éramos un producto como dicen los hombres de este tiempo, éramos una persona capaz de sentir, con vida propia, con un corazón de carne que latía unido a los latidos de nuestras madres. El Señor de la vida nos permitió a cada uno, en momentos diferentes, salir de aquellos seguros refugios y ver la luz del sol, ¡Con cuánto amor nuestras madres nos envolvieron en pañales limpios y nuevos que habían preparado para recibirnos!

Hace apenas unos días vimos a una joven pareja de esposos que pedían un lugar para ellos en la posada, tocaron también a nuestra puerta y en nuestra inocencia una voz muy fuerte nos decía: ¡Abran la puerta! ¡Es el Señor! ¡Es el Mesías esperado! Pero nuestra voz aún no se podía oír, llorábamos con insistencia para que nuestra familia entendiera que llegaba el Señor, pero no fue posible, solo se oyó una puerta que se cerraba.

Unas horas más tarde en el cielo brilló una estrella con una gran luz, esa luz parecía que seguía a aquellos esposos de nombre María y José, ¡Qué belleza de aquellos jóvenes esposos! ¡Su inocencia resplandecía en sus rostros! y en el seno de María había una luz que ni el cielo mismo podría contener.

Hace un par de días pasó una caravana con magos que venían desde el Oriente, oímos que comentaron que habían pasado por el palacio de Herodes y les había ordenado que buscaran al “Rey de los judíos” y cuando lo hubieran encontrado le informaran dónde estaba ese Niño para ir también él a adorarle. También oímos que ya lo habían encontrado y habían puesto a los pies de aquél Niño espléndidos regalos: oro para el rey, incienso para Dios y mirra para el hombre verdadero. Uno de ellos dijo que buscaban un camino de retorno distinto del de Herodes porque un ángel les advirtió que este malvado rey buscaba al niño para matarlo. ¡No lo maten llorábamos al oír esto! Con nuestra vida lo podemos defender: Él es el Rey, Dios y hombre verdadero, nuestro Mesías, el Hijo de David. Todos le han llevado ofrendas, nosotros le queremos ofrendar nuestra sangre, nuestra vida para que le sirva de escudo protector.

La luz ha pasado por nuestras casas, aquella familia santa va en el camino que lleva a Egipto, ¡Corran, lleven seguro a nuestro Salvador!... De pronto, una gran oscuridad ha caído sobre Belén, caballos corren a todo galope, en el pueblo irrumpen los malvados soldados y su espada cae sobre nuestros padres y madres que buscan protegernos: Herodes furioso porque los magos burlaron su orden de matar a todos los niños menores de dos años.

¡Señor recibe la ofrenda de nuestra vida! En la tierra un gran clamor de dolor, en el cielo, el Señor nos concede una vida que no tiene fin y desde acá sumergidos en la santidad de Dios defendemos la vida de todos los inocentes de la mano de los Herodes de todos los tiempos que buscan destruir su vida, intercedemos por la vida de los que no tienen voz ni fuerza para defenderse, de aquellos que su vida está en peligro en el seno donde debía ser refugio seguro, en el seno de su madre.

“¡Un clamor se ha oído en Ramá, muchos llantos y lamentos, es Raquel que llora a sus hijos muertos y no quiere que la consuelen!”  Es el llanto de aquellos que en nuestra tierna edad fuimos arrebatados del seno de nuestras madres, desde el día en que el Señor Dios nos dio la vida.  Clamor de mucho dolor resuena cada vez que una vida inocente es destruida por las manos humanas.

 

Pbro. Ángel David Hernández Solano

Buena Noticia

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