Yo Santo, hoy
 
San Juan Diego

 “Tú eres mi embajador muy digno de toda mi confianza, mira que mucho te recompensaré”.


 

El 9 de diciembre de 1531 me dirigía a Tlatelolco a aprender lo que los sacerdotes, delegados de Nuestro Señor Jesucristo, nos enseñan de la fe verdadera. Tenía que salir muy de madrugada de mi tierra Cuautitlán, muchas horas había que caminar entre veredas y cerros para llegar a aprender la doctrina cristiana.

Aquel día era un sábado, el frio era propio de los primeros días de diciembre; así avancé hasta pasar por el cerro llamado del Tepeyac, apenas llegué ahí, oí el canto de finos pájaros y pensé que estaba en el paraíso.

 

Me deleité con aquel concierto celestial y cuando estaba al punto del éxtasis oí lo más hermoso que pude haber escuchado: “Juanito, Juan Dieguito, el más pequeño de mis hijos ¿A dónde vas?” –era la voz de la dulce Señora del Cielo. Ella estaba interesada en mi camino, en mi vida, yo que era un pobre indio del que nadie mostraba interés, esta imponente Doncella me habló como al más pequeño de sus hijos, el consentido.

 

Yo había nacido en Cuautitlán en el año de 1474, mi nombre natural era Cuauhtlatoatzin, que quiere decir “el águila que habla”. Era un humilde campesino y me casé con una mujer que fue bautizada con el nombre de María Lucía; ambos fuimos bautizados por Fray Motolinía; María Lucía había fallecido en el año de 1529; después de esa fecha me fui a vivir con mi tío Juan Bernardino.

 

Aquella dulce Señora era la siempre Virgen Santa María, se presentó así con ese nombre y además me dijo que era la Madre del Dios verdadero por quien se vive. Me pidió que fuera a ver al Obispo de México, que en este tiempo era Don Fray Juan de Zumárraga, a fin de que autorizara para que en el cerro se levantara una casita para la Señora del Cielo.

 

Animado por tan dulce señora, me puse en camino, pero al llegar a la casa del Obispo, éste no dio crédito a mis palabras. Le parecía imposible que la Madre de Dios le hablara a un pobre indio y a él le encomendara tan grande empresa, así que me hizo regresar en más de dos ocasiones a su casa.

 

Yo, consciente de mi pequeñez, le pedí a la Señora del Cielo que enviase a unos de sus principales para que le creyera, a lo que la Virgen Santa me respondió: “Aunque son muchos mis servidores, es del todo punto preciso que tú y solamente tú lleves mi mensaje al Obispo de México y que por tu mediación se cumpla mi voluntad.”

 

Yo confiado en la Señora prometí volver al día siguiente para llevar la señal que probaría al Obispo la verdad de mis palabras. Pero, nuestros planes no siempre son los de Dios, ya que mi tío se encontraba enfermo de gravedad y entre mi deseo de estar con la Señora y mi deber de estar con el enfermo prevaleció el de la caridad para con mi tío.

 

El día 12 de diciembre me levanté muy de madrugada a fin de buscar un sacerdote para que fuera a asistir a mi tío; al pasar frente a la cumbre del Tepeyac, en mi ingenuidad, di un rodeo al cerrito pensando que así no me entretendría con la Virgen, pero Ella como buena madre conocedora de los caminos de sus hijos me salió al encuentro, allí me alentó a no dudar y me dijo estas hermosas palabras: “Sabe y ten entendido, tú el más pequeño de mis hijos, que no sea nada lo que te asuste y te aflija, no se turbe tu corazón, ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás por ventura en mi regazo, en el cruce de mis brazos, en el hueco de mis manos? ¿No soy yo tu vida y tu salud? ¿Qué más te hace falta?”. Entendí perfectamente sus palabras y con toda la confianza de un hijo para con su madre, puse mi empeño en cumplir con el mandato de la Señora, ya que Ella se encargaría de ayudarme en mi aflicción.

 

Subí a la cumbre del cerrito y cuál fue mi sorpresa que al llegar encontré que en medio del hielo y de las rocas había finas y hermosas rosas, las cuales corté y llevé ante la Señora, la cual, después de tocarlas, me pidió que las guardara en mi ayate y solo ante el Obispo las mostrara, lo cual hice al punto y cuando las mostré apareció en medio de esas rosas una rosa que superaba la belleza de todas ellas: la bendita imagen de la Señora del Cielo, mi niña, mi muchachita, la más pequeña de mis hijas, la dueña de mi corazón.

 

El obispo creyó en mis palabras, se cumplió el deseo de la Virgen de Guadalupe y viví mis últimos años sirviendo en la ermita consagrada a Ella. En 1548 fui al encuentro del Señor, fui beatificado en abril de 1990 por San Juan Pablo II y canonizado por él mismo el 31 de julio de 2002. La Iglesia me celebra el 9 de diciembre porque fue el día que por primera vez vi el cielo.  

 

Pbro. Ángel David Hernández Solano

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