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HOMILÍA EN LA INSIGNE BASÍLICA DE GUADALUPE2018-06-05 23:56:42
*Peregrinación anual de la Diócesis de Orizaba.
 
Queridos hermanos sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, hermanos todos en la santa fe católica incluyendo a quienes nos siguen desde la radio y el internet.

La Diócesis de Orizaba, llena de gozo y filial amor, viene a postrarse a los pies de la imagen bendita de Santa María de Guadalupe, la Madre del verdadero Dios por quien se vive. Venimos al encuentro de María, la Madre de nuestro Señor Jesucristo quien, desde la cruz, Él mismo entregó en el discípulo amado, como madre de todos sus discípulos y, por lo mismo, Madre de la Iglesia. En Santa María de Guadalupe sentimos de manera más cercana y palpable la sencillez del amor y de la ternura maternal de María, quien se presenta ante Juan Diego como una sencilla muchacha indígena, una mujer del pueblo, que viene a nuestras tierras, que habla nuestra lengua, el náhuatl -por cierto, los estamos cantando en nuestros cantos de la liturgia- que asume nuestra cultura para traernos a Jesucristo. En efecto, desde 1531, el encuentro de San Juan Diego y el pueblo con la Virgen de Guadalupe ha sido el gran acontecimiento histórico que ha llenado de alegría, alivio, consuelo y esperanza al pueblo mexicano, porque en su imagen bendita se ha llegado al encuentro con el único y verdadero Dios, lleno de misericordia y bondad. Con Ella se inició un proceso evangelizador impulsado por los misioneros de entonces y que hoy nos toca continuar a nosotros continuar, los discípulos misioneros hoy.

La presencia de Nuestra Señora de Guadalupe favoreció la reconciliación entre colonizadores y los pobladores naturales haciendo de los conquistadores y conquistados una nueva nación. Su imagen bendita fue el referente para la reconciliación y la construcción de una naciente fraternidad. Con María se inicia un nuevo pueblo que ha experimentado su presencia protectora en los momentos claves de su historia mexicana. Ella forja nuestra naciente patria y su identidad mestiza. Ella camina con la Iglesia, con el pueblo de Dios. Desde el Tepeyac, podemos entender mejor por qué los mexicanos decimos que la Virgen de Guadalupe es la Reina de México.

Esta presencia maternal de María la sentimos muy cercana a nosotros aquí, en el Tepeyac, pues desde aquí se acercó al pueblo lastimado por la conquista; su cercanía fue con actitudes y palabras, gestos y expresiones culturales que, entonces como ahora, nos acerca a Ella, para llevarnos a Jesús. Por eso su imagen la amamos tanto y la exponemos en nuestros hogares, en nuestras calles y jardines, en nuestros negocios, templos y capillas. Santa María de Guadalupe  lleva al encuentro de Cristo, camina con nosotros sus discípulos y nos anima a vivir un renovado y permanente Pentecostés.

En este día, nosotros sus hijos, venimos desde la región de las Altas Montañas del estado de Veracruz a visitarla en su casita sagrada que Ella pidió que se le construyera. Estamos en esta casita sagrada donde nos da su amor, su mirada compasiva; desde donde Ella nos conduce a Jesús y a su Evangelio. Estar aquí nos anima a hacer más viva su presencia entre nosotros, no solamente teniendo su imagen en nuestras casas, calles, ermitas o centros de trabajo, como lo acabo de decir, sino construyéndole, en el territorio de nuestra diócesis y estado de Veracruz, una casita habitable, una comunidad social fraterna, justa, honesta, respetuosa, llena de paz y misericordia; donde la vida sea sagrada, donde la vida se respete.

Al estar ante la presencia de nuestra Señora, contemplemos su imagen toda, que su imagen, a través de nuestros ojos, penetre hasta nuestro corazón, hasta el fondo de nuestra alma. Escuchemos su voz tierna y dulce, disfrutemos las caricias espirituales de nuestra Madre. Escuchemos las palabras que dirigió a San Juan Diego, pero este día sintámosla como dirigidas a nosotros: 

-“Juanito, Juan Dieguito”… (Aquí pongamos cada uno su nombre).
-“Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige; no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna otra enfermedad y angustia”.
-“¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sobra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo? ¿Qué más has menester? No te apene ni te inquiete otra cosa…”

Con la confianza de hijos, pongamos delante de Ella nuestras alegrías y penas, logros y dificultades, entusiasmos y miedos, proyectos y esperanzas que vivimos día a día en nuestras familias, pueblos y comunidades parroquiales. Hoy es buena oportunidad para darle gracias por tantos beneficios que hemos alcanzado por medio de su maternal intercesión, algunos logros personales, familiares, de trabajo, de relaciones humanas con la gente que nos rodea; así como nuestros logros de crecimiento en la fe personal y comunitaria… Con actitud, reconozcamos también nuestras debilidades y faltas en el seguimiento de su Hijo, reconozcamos que no siempre hemos hecho lo que Él nos dice, por encomienda de Ella, reconozcamos que no siempre hemos vivido el mandamiento del amor.

Nos ponemos ante su presencia maternal y le pedimos por nuestras necesidades materiales y espirituales. Para que nos siga llevando a Jesús y nos ilumine para enfrentar los retos que tenemos como discípulos misioneros en el camino de la fe, en el cuidado de la familia y en el medio ambiente, en las relaciones humanas tan lastimadas, en los procesos evangelizadores de nuestras comunidades. De manera especial que nos bendiga con la justicia y la paz, y nos ayude a tener imaginación creativa para la caridad, en particular con los enfermos, los pobres, los indígenas y los migrantes. Hoy nos unimos a la oración de nuestros hermanos de Guatemala.
Recordemos que los cristianos tenemos una grave responsabilidad en la construcción de la realidad social, tomando un papel activo y responsable, y no de meros espectadores, participando en los ámbitos sociales, políticos, económicos, culturales y educativos. Nos toca a los cristianos participar en la construcción de una sociedad más justa, equitativa, consiente y participativa. Se trata de transformar la realidad con los criterios de Dios, nuestro referente siempre será el Evangelio. La próxima jornada electoral es una oportunidad para participar activamente en la construcción social. Participemos en las próximas elecciones con nuestro voto en conciencia, personal, libre, secreto, razonado, acompañado de discernimiento crítico, buscando la opción que pueda propiciar el mayor bien posible para todos y no unos cuantos: analizar quien se compromete realmente a trabajar por la paz, la seguridad, la confianza, la justicia, el respeto a los derechos humanos; por una solidaridad real con pobres y excluidos. Hermanos, seamos responsables de nuestro voto.
 
Por último, ponemos ante la Virgen de Guadalupe, la gran evangelizadora, la actualización de nuestro Tercer Plan Diocesano de Pastoral. Le pedimos que Ella, quien estuvo presente en Pentecostés, nos conceda su intercesión y, tomados de su mano, lleguemos a tener una visión objetiva, analítica y pastoral de los hechos más significativos, con sus luces y sombras, de nuestra realidad diocesana. Que María, Estrella de la nueva evangelización, nos permita iluminar nuestro marco de realidad diocesano con la luz de la Palabra de Dios y el Magisterio y poder tener claridad en los principios que iluminen, orienten y sostenga nuestra acción pastoral. Y, así, con la participación de todos los miembros de la diócesis, podamos llegar a tener un proyecto de pastoral que responda a las necesidades actuales de evangelización en nuestra diócesis, en “sinodalidad” con el proyecto Global de Pastoral de la Conferencia Episcopal Mexicana.
 
Hermanos laicos, volvamos con alegría a nuestras familias después de este encuentro maravilloso con nuestra Madre, volvamos a nuestras actividades cotidianas, volvamos a nuestros hogares y comunidades a seguir viviendo la alegría del Evangelio.

Hermanas y hermanos religiosos, sigamos con alegría a María de Guadalupe en su vida consagrada en favor de la Iglesia que se concreta en nuestra Diócesis de Orizaba y que ustedes dan testimonio de la vida que esperamos. Queridos seminaristas, sigan implorando a María para continuar con decisión dando respuesta y trabajando el discerniendo el llamado que han escuchado; y sigan entusiasmados en su proceso de formación. Hermanos sacerdotes, ¡ánimo! Vale la pena nuestra consagración, vale la pena nuestra oración, vale la pena servir a Jesús. Alentados por Nuestra Madre Santísima, sigamos impulsando la evangelización en las comunidades donde el Señor nos ha pedido realizar nuestro ministerio, configurándonos cada día con el Señor Jesús, el Buen Pastor.
 
Los invito, queridos hermanos, que juntos invoquemos a nuestra Madre Santísima poniendo nuestras alegría y penas, oremos por nuestros hermanos enfermos, pobres y necesitados, pongamos nuestras necesidades familiares y de comunidad, principalmente de paz y de justicia.

Nos encomendamos juntos a nuestra Madre María de Guadalupe: Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡Oh santa Madre de Dios!, ruega por nosotros para que podamos alcanzar las divinas gracias y promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

 
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